El capitalismo ha formulado su tipo ideal con la figura del hombre unidimensional. Conocemos su retrato: iletrado, inculto, codicioso, limitado, sometido a lo que manda la tribu, arrogante, seguro de sí mismo, dócil. Débil con los fuertes, fuerte con los débiles, simple, previsible, fanático de los deportes y los estadios, devoto del dinero y partidario de lo irracional, profeta especializado en banalidades, en ideas pequeñas, tonto, necio, narcisista, egocéntrico, gregario, consumista, consumidor de las mitologías del momento, amoral, sin memoria, racista, cínico, sexista, misógino, conservador, reaccionario, oportunista y con algunos rasgos de la manera de ser que define un fascismo ordinario. Constituye un socio ideal para cumplir su papel en el vasto teatro del mercado nacional, y luego mundial. Este es el sujeto cuyos méritos, valores y talento se alaban actualmente. (Michel Onfray)


sábado, 1 de mayo de 2021

TRADUCCIÓN AL CASTELLANO DE «UNA RESURRECCIÓ A PARÍS» (1908), DE DIEGO RUIZ (2021)


DIEGO RUIZ, EL «MÉDICO FILÓSOFO»

Diego Ruiz Rodríguez (Málaga, 1881 - Toulouse, 1959) —filósofo, escritor, psiquiatra, revolucionario… y pícaro fantasioso en algunas ocasiones— es un personaje algo olvidado que disfrutó de cierta fama como prometedora figura del pensamiento hispano, pero también como perpetrador de pequeños escándalos que le convirtieron en el héroe de algunas leyendas urbanas barcelonesas e, incluso, en el protagonista antiheroico de la novela Jo! Memòries d’un metge filòsof (1925) de Prudenci Bertrana.

Diego Ruiz se trasladó a Barcelona en 1894, donde residía su tío Rafael Rodríguez Méndez —prestigioso catedrático y rector de la Universidad de Barcelona entre 1903 y 1905—, y como él estudió medicina. En 1902, al terminar, aparentemente, la carrera, se desplazó a Bolonia, becado para doctorarse en la especialidad de Psiquiatría. He dicho aparentemente porque, si se consulta su expediente universitario, se puede comprobar que, a pesar de tener unas notas excelentes, no llegó a cursar el último año de la carrera. Aparte de esto, parece que en Bolonia tampoco acabó el doctorado... si es que llegó a empezarlo.

Diego Ruiz, durante su segunda estancia en Cataluña, entre 1905 y 1913 —además de realizar cientos de conferencias y de escribir numerosas colaboraciones en todo tipo de publicaciones culturales hasta convertirse en un personaje de renombre—, escribió en castellano y catalán diversos libros de contenido filosófico —y de difícil comprensión— como, por ejemplo, Genealogía de los símbolos. Principios de una ciencia deductiva (1905), Llull, maestro de definiciones: nueva disertación sobre los principios del método en la historia de los sistemas (1906), Jesús como voluntad: dialéctica de la creencia cristiana (1906), Teoría del  acto entusiasta (Bases de la ética) (1906) y De l'entusiasme com a principi de tota moral futura: preparació a l'estudi de l'estètica (1907); un par de libros de cuentos, Contes d'un filòsof (1908) y Contes de glòria i d'infern, seguits dels diàlegs i màximes del Super-Crist (1911) y un libro de carácter programático de orientación modernista, escrito supuestamente para guiar la formación política y cultural de unas nuevas élites conductoras de la nación catalana, Del poeta civil i del cavaller (1908).

Sin embargo, al mismo tiempo que desarrollaba esa trayectoria fulgurante, su comportamiento conflictivo y su agresividad discursiva le iban cerrando puertas y creando enemistades.

La buena fortuna de Diego Ruiz concluyó de manera definitiva por una conjunción de factores relacionados con su nombramiento como administrador y director médico del Manicomio de Salt en junio de 1909. En primer lugar, nada más tomar posesión del cargo, aplicó tratamientos psiquiátricos innovadores que incluían un régimen abierto de entradas y salidas para los pacientes que provocó inquietud social; y, además, realizó de manera pública una dura denuncia de las condiciones misérrimas en las que habían vivido hasta entonces. En 1910, escandalizó a las clases acomodadas gerundenses con la publicación del libro La locura de Álvarez de Castro. Ensayo sobre la psicología patológica de un episodio heroico (1910), coescrito con Prudenci Bertrana. Por último, parece ser que se descubrió la impostura de su titulación médica y en julio de 1912 hubo de renunciar al cargo de director del Manicomio, que ejercía indebidamente.

Durante los meses siguientes, rechazado por los novecentistas y distanciado de algunos de los modernistas más interesantes, malvivió de manera bohemia hasta que, en 1913, tras una breve estancia en Francia y Suiza, decide abandonar Cataluña e instalarse en Italia.

En ese país formará parte de un grupo semisecreto, revolucionario y anticolonialista, el Klastos Club. Si hay que creer en los datos biográficos suministrados por él mismo —casi siempre sospechosos de contener exageraciones y medias verdades—, en función de esa militancia realizó algunas largas estancias en Egipto y Palestina entre 1925 y 1928. También encabezó un grupo de estetas, gli eternisti, vinculado al anterior, al que también pertenecía el misterioso poeta Abel Gudra (¿personaje misterioso o heterónimo del propio Diego Ruiz?), de quien se dice que influyó en la radicalización andalucista de Blas Infante.

Durante ese largo periodo —y esto sí que es innegable— publicó bastantes libros y opúsculos en italiano, francés y alemán. Filosóficos como Das Ueberwirbeltier. Praeludien einer Philosophie als Kosmogonie (1913), Die Welt ein symbol (1914), Kosmogonischer Dialog (1914), Prima prove di un principio nuovo sulla natura del Tempo come propedeutica alla dottrina del Ritmo (1921), Contro Chopin: Impromptu de un filosofo dell'entusiasmo contro ogni possibile ritorno del «Primitivo» (1921), La musicalità di Eschilo e l'enigma artistico del «Prometeo incatenato» (1921)… y de crítica política y social como L'anima di Ferrer. Conferenza tenuta a Ravenna (1914), La guerra d'oggi considerata come una delle belle arti (1914) y Dio mendicante: il grido della insurrezione indiana (1930)…

A pesar de su personalidad extravagante, no se debe menospreciar la valía intelectual de algunas de sus obras. Diego Ruiz poseía una cultura amplia y estaba siempre al día en diversas disciplinas científicas y humanísticas; por ejemplo, para centrarnos en su ámbito profesional, era conocedor de la obra de Freud a principios de siglo y de la de Reich en la década de 1930. Sin embargo, creo que el importante pensador italoargentino José Ingenieros, en su libro La cultura filosófica en España (1916), definió de manera acertada su trayectoria: «Ruiz, que había comenzado por donde pocos terminan, parece terminar por donde muchos comienzan. El bello decir, original y dionisíaco, priva ahora sobre el grave pensar; y en vez de escribir obras de filósofo ha creído más sencillo anunciarse como filósofo antes que escribirlas».

En 1931, procedente de Francia, después de ser expulsado de Italia, Diego Ruiz retornó a Barcelona. Abandonada ya su actividad puramente filosófica, siguió ampliando y difundiendo el ideario que había concretado en Del poeta civil i del cavaller, se manifestó como un defensor acérrimo del retorno a una cultura y un pensamiento de raíces iberosemitas, tarea que ya había iniciado durante sus años italianos, y, de manera paralela, se aproximó al movimiento libertario y colaboró en publicaciones como Solidaridad Obrera, Catalunya, Tierra y Libertad y Umbral.

Continuó publicando libros de crítica política y social como El crim dels Reis Catòlics i la fi de la missió de Castella (1931), Represión mental en Alemania. Piezas de convicción para un juicio sobre el Nazismo y la cuestión judía (1933), El Duce contra el Negus: análisis científico de un sangriento conflicto (1935), Vacunar es asesinar. Dejarse vacunar, suicidarse (1935) y La Química contra la humanidad: la verdad a mi pueblo sobre la falacia de la defensa pasiva contra los gases (1937), entre otros, todos bastante panfletarios —redactados con frecuencia como si se tratara de la transcripción de una arenga— y de escaso interés intelectual, pese a lo que pudieran apuntar sus títulos, siempre sugerentes. Y, ¡cómo no!, siguió protagonizando nuevos episodios singulares que iban renovando e incrementando su fama de personaje excéntrico.

El 1939 se exilió en Francia —residiendo en Toulouse y Biarritz— donde todavía publicaría alguna obra y seguiría sumando activos a su trayectoria de anécdotas estrambóticas y escandalosas como la de aceptar dar una charla en una peña taurina para espetarles que «el único personaje digno y respetable de la fiesta es el animal».

Sin duda, Diego Ruiz sufrió desde muy joven algún tipo de desequilibrio emocional que se exteriorizaba con una intensificación exponencial de su comportamiento megalomaníaco y en la estructura ideofugitiva de buena parte de sus manifestaciones discursivas; unos rasgos que, sin embargo, también le conferían, por lo visto, una capacidad de seducción asombrosa, tanto entre políticos, escritores, filósofos y editores… como, pese a una proverbial falta de higiene, entre bastantes mujeres jóvenes y hermosas.

¿Una mente brillante perdida en el laberinto de un trastorno psíquico? ¿Un pensador interesante obscurecido por las peripecias de una vida desordenada y devenido en embaucador? No seré yo quien emita un diagnóstico.

Jorge F. Fernández Figueras





UNA RESURRECCIÓN EN PARÍS 

A Eugenio d'Ors 

¿Vosotros creéis que, cuando los muertos son cadáveres para nosotros, son cadáveres también para ellos mismos? No hablo aquí de la muerte aparente: hablo de la muerte controlada, de la muerte científica, de la carne que se pudre sin remedio, de la carne que no respira ni vive; de los ojos impasibles y de los corazones parados para siempre. La muerte de la papeleta de defunción del médico, la muerte realidad y no simulacro. Así pues, ¿os parece que cuando un hombre es cadáver para nosotros, los de fuera, es también cadáver visto desde dentro? Considerad que os hablo exactamente de un «dentro» al que no llegaréis ni con el escalpelo ni con el microscopio: pues con el escalpelo y el microscopio seguiréis encontrando la muerte, ¡siempre la muerte!... El hecho que me empuja a hacer estas reflexiones, estas preguntas a las que —oh, no os equivoquéis— sé de sobras que no se contestará nunca, vosotros mismos lo podréis juzgar ahora. Por mi parte, dejaré hablar a la Verdad. Puedo contar estas cosas breve y tranquilamente, puesto que ya hace más de tres años que las vi. Superada la emoción, ahora solo tengo el deseo de una explicación: vano deseo, loco deseo...

Las piernas laceradas surgían lastimosas entre las desgarradas ropas de hospital... Aquel desdichado Monsieur Paul lanzó una última mirada destellante al cielo de noviembre y murió un atardecer en medio de una de aquellas tormentas de miseria y dolores… Aquella pequeña tragedia —¡una más!— quedó convenientemente envuelta toda la noche, todas las horas de la fría noche de noviembre, en una mortaja que ninguna mano tocó hasta la llegada del gran Raymond. El gran Raymond —permitidme afirmarlo— es el prestigio más sólido de la Salpêtrière. Debo hacerle justicia. A su lado he aprendido misterios inolvidables...

Cuando el gran Raymond llegó hasta el cadáver, fija la mirada en el pecho ennegrecido de Monsieur Paul, se le marcó una arruga en la frente y otra en los labios, y pronunció estas palabras proféticas:

—Que este cadáver sirva para nuestras investigaciones...

Comprobada su muerte, Monsieur Paul pertenecía aún a la Ciencia.

El gran Raymond le hizo trasladar, ordenó que quedara tendido sobre el mármol de la mesa de los sacrificios, y, dirigiéndose tan pronto al fallecido como a nosotros, correcta, tranquilamente, pronunció su pequeño discurso:

—No es una autopsia, señores, lo que yo me propongo hacer ahora, sino una resurrección. No cabe duda que estamos ante una muerte, pero no de una muerte aparente, sino de una muerte real. La resurrección que intento, así pues, no es ningún escamoteo: eso sería indigno de un discípulo de Charcot. Soy, sencillamente, uno de tantos experimentadores que creen en el efecto de las emociones sobre los cadáveres, sobre el corazón de los cadáveres…

Aquel lenguaje no era el habitual en el gran Raymond. Diagnosticaba, recetaba, pronosticaba el proceso de una parálisis o de una demencia...; sin embargo, nunca había intentado resucitar a alguien.

Nuestro interés era tan grande al escuchar aquellas palabras como imperturbable era la sincera tranquilidad con las que se pronunciaron.

El gran Raymond continuó, y se dirigía tan pronto al cadáver como a nosotros:

—Yo podría hacer retroceder la Muerte en estos momentos, si tuviera un medio lo bastante intenso para conseguir esa gran victoria... Pero todos los medios físicos y químicos, los únicos de los que disponemos hasta ahora, son inferiores al Enemigo. ¿Electricidad? La Muerte es más dura. ¿Ácidos y venenos? La Muerte es más dura. ¿Cortes y fuego? La Muerte es más dura... Se trata de crear un medio, un Instrumento, y de utilizarlo con destreza, con astucia. He pensado, señores, que este instrumento me lo podía fabricar yo mismo a mi gusto, y he esperado este día para hacer mis pruebas...

El silencio que en ese momento reinaba entre nosotros era impresionante. Comprendí aquella mañana que un hombre que se llamaba Jesús se hubiera ganado los corazones y las voluntades con esperanzas y promesas. Aquella seguridad con que el gran Raymond proponía una resurrección, y discutía los medios, estaba por encima de todo lo que yo había aprendido y de todo lo que me parecía que podría aprender.

El botón rojo en la redingote, el gesto amplio, nobilísimo, venerable, el gran Raymond concluyó así:

—Durante los dos años que este pobre ha estado en nuestra clínica, me he preocupado de forjar continuamente, diariamente, el instrumento destinado a ser utilizado un día. Este instrumento ha sido una «pasión». Yo he cultivado esa pasión en el corazón que ya no late, he creído arraigarla, he querido enraizársela; estoy seguro de haberla arraigada. Recuerden, señores, mi conducta para con este desgraciado Monsieur Paul. Yo he advertido en él un sistema nervioso sensibilísimo. Cuando os hablaba, a propósito de él, de desequilibrio, pensaba en el desequilibrio superlativo... Era un perturbado por las lecturas, un romántico, un genio de distrito, «el mejor poeta de su calle». Era un demente, y lo que se llama «un gran corazón». Emocionable, hasta el punto que habéis visto en nuestras sesiones de hipnotismo, que no habréis olvidado; rozando siempre el delirio; llorando y riendo sin motivos razonables. Ninguna relación entre sus sentidos y sus nervios; ninguna proporcionalidad entre el excitante y la respuesta al excitante... De todas estas condiciones yo he querido, yo debía, aprovecharme, y me he aprovechado, como verán. Recuerden mi procedimiento, se lo ruego. ¿Qué he hecho? He sido un experimentador que, en más amplia esfera, he reproducido un fenómeno diario: un enamoramiento. Han visto, señores, como he provocado un amor en condiciones infalibles de castidad y de pureza. Sabía que una de nuestras histéricas, una de nuestras enfermas, puesta en relación con este desgraciado Monsieur Paul, provocaría una tormenta romántica en el corazón del que hoy, para nosotros, es un cadáver. No podía retroceder ante sentimentalismos que otro fisiólogo, más escrupuloso si se quiere, habría respetado. Mi deber, en estas circunstancias, era fabricarme un instrumento más duro que la Muerte para poder usarlo el día que conviniera con más provecho que la Electricidad y que los Ácidos, que el Escalpelo y que el Fuego. A mí me hacía falta una Pasión fuerte, profunda, con la que pudiera, el día de mañana, provocar una Emoción sobre los nervios de este cadáver. Han asistido, señores, al desarrollo de ese afecto purísimo, y nada ridículo para nosotros —atentos solo a los intereses de la Verdad y de la Ciencia—, entre Monsieur Paul y la mujer que dentro de un momento se presentará ante ustedes y ante su amado. Los poemas y las cartas cruzadas, los detalles de este romance científico, provocado por nosotros, les son familiares. Solo hoy, no obstante, sabéis la razón de aquellas cosas que quizás habéis sentido la tentación alguna vez de creer un tanto triviales. A mí me hacía falta, finalmente, una pasión casta, pura, nutrida continuamente por «el Ideal»; me hacía falta, en una palabra, un deseo no satisfecho, un deseo prolongado más allá de la Muerte... Yo haré que venga la mujer que ha cuidado continuamente a Monsieur Paul, la que cerró sus ojos y que recogió el último aliento de sus labios. En ella reside todo el secreto de nuestra resurrección...

Y el gran Raymond se hizo obedecer. Vimos la figura, familiar para nosotros, de la «científica» prometida del pobre Monsieur Paul. Con un gesto categórico, el gran Raymond detuvo la natural expansión de los sentimientos de intensa ternura de la enamorada.

La tomó de la mano y, con la voz dura del hipnotizador, la hizo acercarse al rígido cadáver. El gran Raymond le dijo enérgicamente:

—Míralo, aquí está tu amigo, tu tesoro. Está muerto, pero volverá a la vida si tú lo llamas con dulzura. Aquí, en este oído, di: «Monsieur Paul, Paul, Monsieur Paul…».

Así lo llamó; ¡pero lloraba! Nunca sentiré más ternura, más amor en una voz de mujer. Tres veces me hicieron estremecer aquellos llantos, aquella desesperada contención, aquel miedo que no llegaba a manifestarse, aquella castidad, aquella pureza, aquel inmenso deseo no satisfecho…

El gran Raymond ya lo había dispuesto todo para su experiencia. Sobre el pecho ennegrecido del fallecido, un cardiógrafo registraba, en el papel negro de humo de un cilindro de Marey, los más pequeños movimientos. Cuando se escuchó la última voz, en medio de los llantos de la loca —¡sí, yo lo vi! —, rígido, blanco, integérrimo, el cardiógrafo trazó en el papel negro un signo que ninguna mano habría podido apreciar, por habituada que estuviera a tomar el pulso. Y, sonriente, el gran Raymond, vuelto hacia nosotros, nos mostró aquel signo:

—El corazón ha latido un momento. Por un momento hemos operado una resurrección...

Diego Ruiz


Contes d’un filosoph (Biblioteca «Joventut», Barcelona, 1908)

Traducción de Jorge F. Fernández Figueras

Esbozo biográfico del autor y traducción del cuento publicados en Ulthar. 

Revista de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror, febrero de 2021


viernes, 23 de abril de 2021

TRADUCCIÓ DE «LES DONS DES FÉES», DE CHARLES BAUDELAIRE, AL CATALÀ (2021)

 

De la carpeta d'ilustracions Bosc endins, d'Anna Clariana




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Els dons de les Fades

CHARLES BAUDELAIRE


Les Fades havien organitzat una gran assemblea per procedir al repartiment de dons entre tots els nounats arribats a la vida en les últimes vint-i-quatre hores.

Totes aquelles Germanes del Destí antigues i capritxoses, totes aquelles Mares estranyes del goig i del dolor, eren molt diferents: unes tenien un aspecte ombrívol i taciturn; unes altres, l'aspecte eixelebrat i maliciós; unes, joves que havien estat sempre joves; unes altres, velles que havien estat sempre velles. 

Tots els pares que tenen fe en les Fades hi havien acudit, portant cadascú el seu nounat en els braços. 

Els Dons, les Facultats, els bons Atzars, les Circumstàncies invencibles, s'havien acumulat al costat del tribunal, com els premis sobre una estrada per al seu repartiment. Allò que hi havia d'especial en aquest cas era que els Dons no responien a cap recompensa a un esforç, sinó que, ben al contrari, eren una gràcia concedida a aquell que no havia viscut encara, una gràcia capaç de determinar el seu destí i convertir-se tanmateix en font de la seva desgràcia com de la seva felicitat. 

Les pobres Fades estaven molt enfeinades perquè la multitud de sol·licitants era molt gran, i la gent del món mitjà, que queda entre l'home i Déu, està sotmesa, com nosaltres, a la terrible llei del Temps i de la seva infinita posteritat, els Dies, les Hores, els Minuts i els Segons. 

Realment, estaven tan nervioses com els ministres en un dia d'audiència o com els empleats del Mont de Pietat quan durant una festa nacional s'autoritzen els desempenyoraments gratuïts. Crec, fins i tot, que miraven de tant en tant la maneta del rellotge amb tanta impaciència com els jutges humans que, reunits tot el matí, no poden deixar de somiar amb l'hora de dinar, amb la família i amb les seves adorades sabatilles. Si en la justícia sobrenatural hi ha una mica de precipitació i d'atzar, no ens sorprenguem que succeeixi el mateix alguna vegada en la justícia humana. Seríem nosaltres, en tal cas, jutges injustos.

En conseqüència, es cometeren aquell dia algunes lleugereses que podrien considerar-se estranyes si la prudència, més que el capritx, fos un caràcter distintiu i etern de les Fades. 

Així, el poder d'atreure magnèticament la fortuna s'adjudicà a l'únic hereu d'una família riquíssima, que, com que estava mancat de sentit caritatiu i tampoc sentia cap atracció pels bens més visibles de la vida, hauria de trobar-se més endavant sense saber què fer amb els seus milions.

Així, s'atorgaren l'amor a la Bellesa i a la Puixança poètica al fill d'un trist pelacanyes, picapedrer d'ofici, que no podria, de cap manera, afavorir les capacitats ni alleujar les necessitats de la seva malaurada descendència. 

Se m'oblidava dir-vos que el repartiment, en casos tan solemnes, és sense apel·lació, i que no hi ha do que pugui refusar-se. 

Ja es disposaven a marxar totes les Fades, creient completada la seva feina, perquè ja no quedava cap més regal, cap obsequi que abocar sobre tota aquella colleta de petits humans, quan un bon home, un pobre botiguer, segons crec, s'aixecà i, agafant del vestit de vapors multicolors la Fada que tenia més a prop, exclamà: «Eh! Senyora! Que us oblideu de nosaltres! Encara falta el meu nadó! No he vingut per marxar amb les mans buides».

La Fada hauria pogut sentir-se trasbalsada, perquè ja no quedava res. No obstant això, recordà a temps, una llei molt coneguda —encara que aplicada rares vegades— en el món sobrenatural, aquell que habiten aquestes deïtats etèries, amigues de l'home, i que sovint es veuen obligades a doblegar-se a les seves passions, com ara les Fades, els Gnoms, les Salamandres, les Sílfides, els Silfs, les Dones d'aigua, els Tritons i les Ondines —em refereixo a la llei que concedeix a les Fades, en casos semblants, és a dir en el cas d'haver-se esgotat els presents, la facultat de concedir-ne un altre, suplementari i excepcional, sempre que tingui suficient imaginació per crear-lo a l'instant. 

Així, doncs, la bona Fada contestà, amb un aplom digne del seu rang: «Dono al teu fill... li dono... el Do de caure en gràcia!». 

«Però, caure en gràcia com? Caure en gràcia...? Per què caure en gràcia?» —preguntà de manera reiterada el pobre botiguer, que sens dubte seria un d'aquests raonadors tan abundants, incapaços d'aixecar-se fins a la lògica de l'Absurd. 

«Perquè sí! Perquè sí!» —replicà la fada enrabiada, girant-li l'esquena; i en incorporar-se al seguici de les seves companyes, els digué—: «Què us sembla aquest comerciant vanitós, que vol entendre-ho tot, i que després d'haver aconseguit per al seu fill el millor present, encara s'atreveix a qüestionar i a discutir l'indiscutible?».

(Traducció de Jordi F. Fernández Figueras)



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Les dons des Fées

CHARLES BAUDELAIRE


C'était grande assemblée des Fées, pour procéder à la répartition des dons parmi tous les nouveau-nés, arrivés à la vie depuis vingt-quatre heures.

Toutes ces antiques et capricieuses Sœurs du Destin, toutes ces Mères bizarres de la joie et de la douleur, étaient fort diverses: les unes avaient l'air sombre et rechigné, les autres, un air folâtre et malin; les unes, jeunes, qui avaient toujours été jeunes; les autres, vieilles, qui avaient toujours été vieilles.

Tous les pères qui ont foi dans les Fées étaient venus, chacun apportant son nouveau-né dans ses bras.

Les Dons, les Facultés, les bons Hasards, les Circonstances invincibles, étaient accumulés à côté du tribunal, comme les prix sur l'estrade, dans une distribution de prix. Ce qu'il y avait ici de particulier, c'est que les Dons n'étaient pas la récompense d'un effort, mais tout au contraire une grâce accordée à celui qui n'avait pas encore vécu, une grâce pouvant déterminer sa destinée et devenir aussi bien la source de son malheur que de son bonheur.

Les pauvres Fées étaient très-affairées; car la foule des solliciteurs était grande, et le monde intermédiaire, placé entre l'homme et Dieu, est soumis comme nous à la terrible loi du Temps et de son infinie postérité, les Jours, les Heures, les Minutes, les Secondes.

En vérité, elles étaient aussi ahuries que des ministres un jour d'audience, ou des employés du Mont-de-Piété quand une fête nationale autorise les dégagements gratuits. Je crois même qu'elles regardaient de temps à autre l'aiguille de l'horloge avec autant d'impatience que des juges humains qui, siégeant depuis le matin, ne peuvent s'empêcher de rêver au dîner, à la famille et à leurs chères pantoufles. Si, dans la justice surnaturelle, il y a un peu de précipitation et de hasard, ne nous étonnons pas qu'il en soit de même quelquefois dans la justice humaine. Nous serions nous-mêmes, en ce cas, des juges injustes.

Aussi furent commises ce jour-là quelques bourdes qu'on pourrait considérer comme bizarres, si la prudence, plutôt que le caprice, était le caractère distinctif, éternel des Fées.

Ainsi la puissance d'attirer magnétiquement la fortune fut adjugée à l'héritier unique d'une famille très-riche, qui, n'étant doué d'aucun sens de charité, non plus que d'aucune convoitise pour les biens les plus visibles de la vie, devait se trouver plus tard prodigieusement embarrassé de ses millions.

Ainsi furent donnés l'amour du Beau et la Puissance poétique au fils d'un sombre gueux, carrier de son état, qui ne pouvait, en aucune façon, aider les facultés, ni soulager les besoins de sa déplorable progéniture.

J'ai oublié de vous dire que la distribution, en ces cas solennels, est sans appel, et qu'aucun don ne peut être refusé.

Toutes les Fées se levaient, croyant leur corvée accomplie; car il ne restait plus aucun cadeau, aucune largesse à jeter à tout ce fretin humain, quand un brave homme, un pauvre petit commerçant, je crois, se leva, et empoignant par sa robe de vapeurs multicolores la Fée qui était le plus à sa portée, s'écria:

«Eh! madame! vous nous oubliez! Il y a encore mon petit! Je ne veux pas être venu pour rien.»

La Fée pouvait être embarrassée; car il ne restait plus rien. Cependant elle se souvint à temps d'une loi bien connue, quoique rarement appliquée, dans le monde surnaturel, habité par ces déités impalpables, amies de l'homme, et souvent contraintes de s'adapter à ses passions, telles que les Fées, les Gnomes, les Salamandres, les Sylphides, les Sylphes, les Nixes, les Ondins et les Ondines, —je veux parler de la loi qui concède aux Fées, dans un cas semblable à celui-ci, c'est-à-dire le cas d'épuisement des lots, la faculté d'en donner encore un, supplémentaire et exceptionnel, pourvu toutefois qu'elle ait l'imagination suffisante pour le créer immédiatement.

Donc la bonne Fée répondit, avec un aplomb digne de son rang: «Je donne à ton fils... je lui donne... le Don de plaire

«Mais plaire comment ? plaire... ? plaire pourquoi ?» demanda opiniâtrément le petit boutiquier, qui était sans doute un de ces raisonneurs si communs, incapable de s'élever jusqu'à la logique de l'Absurde.

«Parce que! parce que!» répliqua la Fée courroucée, en lui tournant le dos; et rejoignant le cortège de ses compagnes, elle leur disait: «Comment trouvez-vous ce petit Français vaniteux, qui veut tout comprendre, et qui ayant obtenu pour son fils le meilleur des lots, ose encore interroger et discuter l'indiscutable ?»



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Traducció feta per a la carpeta d'ilustracions Bosc endins, d'Anna Clariana, que formarà part de la sèrie de Carpetes Gràfiques que Amics de les Arts i Joventuts Musicals publica conjuntament amb Taller Fotogràfic sobre el treball d’artistes d'Art Gràfic i Visual, considerant la seva relació amb els diversos gèneres literaris.


L'exposició es podrà visitar al Sant Pere, 46, primera planta, del dilluns 10 de maig fins al divendres 4 de juny de 2021 (de dilluns a divendres de les 17:00 a les 20:00h).