El capitalismo ha formulado su tipo ideal con la figura del hombre unidimensional. Conocemos su retrato: iletrado, inculto, codicioso, limitado, sometido a lo que manda la tribu, arrogante, seguro de sí mismo, dócil. Débil con los fuertes, fuerte con los débiles, simple, previsible, fanático de los deportes y los estadios, devoto del dinero y partidario de lo irracional, profeta especializado en banalidades, en ideas pequeñas, tonto, necio, narcisista, egocéntrico, gregario, consumista, consumidor de las mitologías del momento, amoral, sin memoria, racista, cínico, sexista, misógino, conservador, reaccionario, oportunista y con algunos rasgos de la manera de ser que define un fascismo ordinario. Constituye un socio ideal para cumplir su papel en el vasto teatro del mercado nacional, y luego mundial. Este es el sujeto cuyos méritos, valores y talento se alaban actualmente. (Michel Onfray)


miércoles, 23 de julio de 2014

UNA MUCHACHA DE BELLEZA DESLUMBRANTE (2014)





A veces, de tanto en tanto, paso frente a aquella casa, en una calle silenciosa y solitaria, una vivienda típica de la vieja Grisalla, una casita de planta baja, ahora con la puerta polvorienta y la ventana siempre cerrada.

Una noche de verano, hace muchos años, mientras vagábamos sin rumbo fijo, de aquí para allá, pasamos por ese barrio y un chico que nos acompañaba —un poco contra nuestra voluntad— preguntó si le podíamos esperar un momento, que iba a invitar a una amiga que vivía allí mismo a acompañarnos.

Llamó a la puerta y casi al instante una muchacha la abrió. Mientras los demás les mirábamos con curiosidad y cierto disimulo, en el mismo portal de entrada, algo cohibido y con voz confusa, le pidió que viniera a dar una vuelta con nosotros.

Ella, con voz clara y alta, le dijo que no y cuando el chico intentó susurrarle algo, sin más explicaciones, sólo con un gesto apacible, le invitó a salir de su casa.

Era una muchacha de belleza deslumbrante. ¿Cómo es posible —pensé— que jamás la haya visto hasta ahora? Y seguimos deambulando: él cabizbajo, y todos silenciosos.

No podía alejar mis pensamientos de la muchacha: la cabellera radiante, la mirada clara, los labios encarnados, el gesto firme…

Algunas noches después, a obscuras, tendido en la cama, empecé también a rememorar el contexto: la penumbra del pasillo, el perfume de jazmines que llegaba de un patio entrevisto, una canción suave y susurrada…

Han pasado muchos, muchos años, y he pasado en este tiempo muchas veces más frente a esta casa, ahora abandonada, y siempre que lo hago recuerdo aquella breve historia de amor e indiferencia.

Él murió no hace mucho. Me dijeron que fue despidiéndose de sus conocidos lleno de serenidad y que, a algunos, hasta les pidió perdón por posibles viejas ofensas. Me sorprendió ese detalle. A veces no somos justos en nuestros juicios sobre las personas.

Y nunca más volví a ver a aquella muchacha. Me pregunto que fue de ella. ¿Murió ya también? ¿Vive aún en esta casa, eterna e inmarcesible, pues era un puro fantasma? ¿O es quizá esa mujer madura de mirada cansina que se cruza conmigo cada mañana sin que llegue a advertir su rostro?


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