El capitalismo ha formulado su tipo ideal con la figura del hombre unidimensional. Conocemos su retrato: iletrado, inculto, codicioso, limitado, sometido a lo que manda la tribu, arrogante, seguro de sí mismo, dócil. Débil con los fuertes, fuerte con los débiles, simple, previsible, fanático de los deportes y los estadios, devoto del dinero y partidario de lo irracional, profeta especializado en banalidades, en ideas pequeñas, tonto, necio, narcisista, egocéntrico, gregario, consumista, consumidor de las mitologías del momento, amoral, sin memoria, racista, cínico, sexista, misógino, conservador, reaccionario, oportunista y con algunos rasgos de la manera de ser que define un fascismo ordinario. Constituye un socio ideal para cumplir su papel en el vasto teatro del mercado nacional, y luego mundial. Este es el sujeto cuyos méritos, valores y talento se alaban actualmente. (Michel Onfray)


domingo, 23 de enero de 2011

UN DÍA DE GLORIA (1992)


Equipo de fútbol infantil hacia 1950 en Villamanín, León (foto de Miguel Bayón Cabos).

UN DÍA DE GLORIA

Ahora, cuando mi futuro inmediato es incierto —aunque se intuya con claridad su conclusión—, hago balance de mi vida.
Entre tantos proyectos malogrados y tantas metas ni siquiera vislumbradas, aparece un día de gloria, único. Fue cuando tenía catorce años. Vivíamos en un pueblo perdido entre las montañas. Mi familia había alquilado unas habitaciones destartaladas a las que se entraba por la cocina. Comprendí que no me iba a ser posible invitar a ningún muchacho.
Al poco de llegar, escuché en la escuela que nos llamaban los forasteros. Ese fue desde entonces nuestro nombre. Mi padre parecía ignorarlo, inmerso en el mundo de las máquinas, en su trabajo. Sin duda, mi madre sí que debía percibir esa hostilidad, pero era toda silencio.
El domingo, en la iglesia, nadie compartía nuestro banco. Me convertí en un muchacho huraño y busqué refugio en los bosques. Y, en mi interior, hacía responsable a mi padre de toda aquella tristeza.
Así pasó un curso, llegó el buen tiempo y se fueron abriendo las casas señoriales del gran paseo de pueblo. En algunas las casas se instalaron familias de veraneantes. Se oían nuevas voces de jóvenes y por las calles corrían grupos de niños desconocidos.
Vivíamos en una casucha. No me había atrevido a invitar a ningún muchacho —ya lo he dicho—, pero lo cierto es que tampoco nadie habría aceptado visitarme. Para los del pueblo era un forastero más, para los forasteros, alguien de otra clase; para todos ellos un extraño que hablaba otra lengua.
Y de todas maneras para qué. La única vida que me importaba ya era la vida al aire libre: en los bosques espesos, umbríos; solo, caminando sin rumbo fijo.
Aún así, frecuentaba el campo de fútbol. Me toleraban: siempre hace falta gente para llegar a once o para tener un reserva al menos. Pero, desde luego, siempre con los forasteros.

Aquel día, durante la primera parte, jugó un chico francés. Ninguno contaba con él. Cuando conseguía el balón, tampoco contaba con nadie, avanzaba hacia la portería regateando hasta acabar acorralado en la esquina del córner y perder la pelota rodeado de defensas.                 
Esos cuarenta y cinco minutos fueron como el sumario de mi vida hasta entonces: rechazo, impotencia, rencor…
Pero tan mal lo hizo el francés que, a pesar de todos sus argumentos, al llegar la media parte lo enviaron al banquillo. Al fin tendría una oportunidad. Corrí como ninguno. Si nadie contaba conmigo, yo estaría al lado de todos, esperando un rebote, un pase perdido, un error… como un perro triste que esperase una migaja caída de la boca de los otros.

No faltaría mucho para que acabara el partido cuando mi equipo, en un contragolpe afortunado, avanzaba con ventaja hacia la portería contraria. La jugada era clara. Rubios, esbeltos, bien equipados, en tres toques se plantaron en el terreno contrario. Sus hermanas y amigas los animaban desde la banda. Yo corría en paralelo a su jugada, solo, ignorado. Uno de ellos chutó desde el centro mismo del área. Recuerdo el salto inútil del portero, su gesto de impotencia, como en una imagen congelada. El balón golpeó el travesaño y rebotó de nuevo hacia el campo. Recuerdo la parábola descrita. Perfecta.
Sé que salté en plancha, justo con la forma soñada en tantos momentos de ilusión, con los ojos abiertos en los bancos desgastados de la escuela en tardes lluviosas y monótonas de invierno, con los ojos entornados tumbado sobre la cama en tardes agridulces de domingo, soñada verdaderamente en noches heladas de invierno.
Como un verdadero delantero centro: el cuerpo en paralelo al suelo, los brazos abiertos como las alas de un pájaro, la frente en alto buscando el balón, justo a ras del suelo.
El impacto del balón. El balón muerto en el fondo de la red. El portero medio incorporado con toda la tristeza del mundo en su mirada. Los latidos atronadores de mi corazón. Vítores.

Cuatro a tres. El partido finalizaba con sus ataques desesperados desbaratándose contra nuestra firmeza. Alguien recordó que era la primera vez en dos generaciones que ganaba el equipo de los veraneantes. Nos sentíamos inmersos en una plenitud irrepetible.
Otras veces, durante mi vida, esperé que el azar me ofreciera una migaja caída de la boca de los poderosos. Nunca he vuelto a tener tanta suerte.


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