El capitalismo ha formulado su tipo ideal con la figura del hombre unidimensional. Conocemos su retrato: iletrado, inculto, codicioso, limitado, sometido a lo que manda la tribu, arrogante, seguro de sí mismo, dócil. Débil con los fuertes, fuerte con los débiles, simple, previsible, fanático de los deportes y los estadios, devoto del dinero y partidario de lo irracional, profeta especializado en banalidades, en ideas pequeñas, tonto, necio, narcisista, egocéntrico, gregario, consumista, consumidor de las mitologías del momento, amoral, sin memoria, racista, cínico, sexista, misógino, conservador, reaccionario, oportunista y con algunos rasgos de la manera de ser que define un fascismo ordinario. Constituye un socio ideal para cumplir su papel en el vasto teatro del mercado nacional, y luego mundial. Este es el sujeto cuyos méritos, valores y talento se alaban actualmente. (Michel Onfray)


jueves, 21 de junio de 2012

CUANDO TERMINÓ LA GUERRA (2012)


Fotografía de Gabriela Salazar


—Antes de la guerra no jugaba con nadie. Cerca de casa sólo vivían niños: José, el hijo de la taberna de al lado, Ramón el niño del primer piso… pero Ramón no bajaba nunca a la calle, tampoco jugaba nunca, no le dejaban, estaba enfermo del corazón.
Permanece un momento en silencio, con la mirada perdida en la lejanía.
—Su madre también estaba enferma del corazón. Cuando se murió, su marido se casó con otra, pero no tuvo suerte, la mujer se emborrachaba.
—Y, el hijo, ¿qué decía?
—¿De qué?
—De que la madrastra fuera una borracha.
—Nada. Se murió antes que la madre, no llegó a los veinte años.
Me doy cuenta de que ahora he sido yo quien ha permanecido en silencio, pensando en una vida triste, truncada de manera efímera, si la menor oportunidad de resarcirse.

—Al otro lado de la carretera estaban los hijos de los Pineda, pero esos tenían un jardín grande, nunca salían a la calle, como las hermanas Batrina. ¿Te acuerdas de la casa?
—Sí, cuando era pequeño la casa, junto con la fábrica, todavía ocupaba toda la manzana. Y tenían un mercedes…
—¿Te acuerdas de eso?
—Sí, era un coche que me gustaba. ¿Había más niños?
—Alberto, el hijo de La Negra, una que durante la guerra iba con uniforme de miliciana.
—Al nieto de esa lo conozco, es un poco mayor que yo, ahora es homosexual, bueno debía haberlo sido siempre, pero hace años salió de armario como se dice ahora.
—Vaya.
—Y tenía hijos y todo.
—También había otros dos niños en la calle de atrás, Hermías y Juan. Jugaban a pelota o tiraban chapas a la pared, chapas de cerveza, a ver quién las dejaba más cerca de la pared. Yo solo los miraba, no eran juegos de niñas. El pobre José tampoco jugaba mucho, a veces su padre le pegaba si no estaba junto a la puerta de la taberna cuando salía a buscarlo.
No me extraña, recuerdo a José de mayor, gordo y triste, dueño de una discoteca siniestra construida justo sobre el solar donde se encontraban todas aquellas casas. Una discoteca en la que cada fin de semana eran habituales las peleas multitudinarias que se prolongaban por las calles aledañas.

—Luego, cuando llegó la guerra y cerraron el colegio de las carmelitas, los padres de las hermanas Bartrina le dijeron a mis padres si quería ir a jugar a su casa…
—¿Antes nunca…?
—No, claro, cuando iban al colegio nunca salía a jugar a la calle, eran gente muy religiosa y les debía parecer que… Tenían un jardín, no tan grande como el de los Pineda, pero muy bonito. A veces también jugábamos en el desván con su hermano Avelino, jugábamos a misa, el hermano se disfrazaba como de cura y rezábamos el rosario…
—¿Lo encontrabas divertido?
—No había tenido nunca amigas. Además, era otra época.
—Sí, claro.
—Nunca había tenido amigas y pocas veces había ido a misa, la abuela no creía.
—No hace falta que me lo digas.
—En casa eran muy materialistas y me gustaba la espiritualidad de las Bartrina. A veces hacíamos promesas. «Hoy no jugaré. Le ofreceré ese sacrificio a Dios», entonces si venían a buscarme para jugar les ponía alguna excusa y me quedaba en casa. Y no les podía decir que era por una promesa, el sacrificio habría perdido todo su valor si no era secreto.
—¡Jo…!
—Cuando terminó la guerra me pusieron a trabajar y se acabaron todos los juegos.


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